23 abr. 2012

Dulzaina


-         - ¡Silbe la dulzaina¡


Así  como se redujo el día en el naranjo, se empinó su sombra, y su sombra hasta mis tobillos recogía con su manto la bendición de la montaña, tremendo viento hubo en la tarde de ese día, bendito, se demoró tanto en llegar, mecíame los pasos el olor a coco tostado con caramelo ámbar del cielo para los gustativos posteriores,  mientras mis dedos se doblaban todos, las piernas se me enfriaban todas, los ojos, pero el murciélago encripta sus pasos con su haz supersónico y así mis piernas encuentran su siguiente puerta, jamas había decido ni dicho ni contado las apariciones que agobiaron mi fría humanidad, mi roble viejo,  agotado caminé en lluvias de gotas tan grandes como fríjoles, en selvas con calores más fieros que los que el alacrán soporta con su filosa retaguardia, y ebullieron tantas veces en mi los vapores de la infernal inanición a la que nos sometían, había dejado adobando carne con ajo, panela y guiso cuando me cogieron los hijueputas, jamás le eche limón como dicen las señoras porque se entiesa, para que quede blanda la envuelve un día en la piel de la papaya que tiene papaína bendita, para los días benditos lo mejor es una sonrisa, que espera cualquier cosa, que dispara su energía donde el sol ignora, que embiste como un rayo una manada de pesares pesados y penosos y públicos y púbicos, una sonrisa veloz y sana,  allá dormíamos con una sábana color lavanda olor pichal que por las noches se hacía mínima que se empapaba de rocío y me ardía su frío tanto que me la quitaba y me paraba a estirar las patas, trote bajo, respire profundo hermano, aguante y calme, y amanecía, no siempre como hoy un día bendito de cítrica amargura y saliva con trenzaeclavos, así le decía mi madre a la angustia, nací en el  lugar donde el sol llega tan cenital como temprano, me vinculé al partido porque mi padre funcionó como tesorero por más de 30 años, su impecable tarea le había valido un puesto emérito en la tramoya ácida de una jauría anónima, anonimante, anonadada frente a las mareas,  yendo abajo cual fragata herida, que aún así con quijada enchida el burro sube hasta que llega, pero se demoró tanto en llegar, bajo la sombra me dormía otra vez, me dormía adentro  y me avispaba de los terrores, y sí pasaba corriendo y mi sopor me la escondía? y si colgaba de una nube y  la copa me la escondía? y si ella se me escondía?  Cuando caían bombas, caían ángeles y pájaros, una vez  vi muerto a un tigre,  de encías pálidas y mirada exangüe, y en su estirada falange y las heridas cálidas, hervían con una espuma hecha de gusanos grises y rosados,  rosado era el labial de Nubia cuando nos casamos, perlas en las orejas, como el resto de sus días, sofocada por una boa constrictora de caminos, nunca salió de casa sin maquillarse hasta los dientes, tiene el don de hacer un mercado perfecto, tiene sensores en los dedos para palpar cualquier cosa, para oler cualquier cosa, para sentir cada cosa diferente al silencio de sus manos, sabía tocar mi cara y calmar mi bestia, como un baño de vapor tan agobiante y omnipresente que ablanda mi respiración y me hincha, te extraño Nubia, tu mirada madrugada y tu piel anochecida, tu olor tranquilo me acoge y me recoge los hilos que se me riegan, pero no fue usted con quién soñé señora mía, ella vestía de blanco y ardían sus ojos, y ardían sus arduos métodos, ardí cuando me indicó el naranjo, señaló mi cadalso con un tierno dedo que quise morder cual rábano, yo me fui a esperarla pero,  se demoró tanto en llegar, cuando caían bombas caían pájaros, ángeles y cometas de celofán rosado, celofán gusano que traga mis tigres heridos, ay mis mugres queridos, caían infladas en la tierra negra que el verde mecía, caían esclavas como campanas, y todos gritaban:  ¡Silbe la dulzaina!,  había que correr sonámbulo por horas transversalmente venenosas, había que tejer el ritmo de la selva con el de uno, había que saber que no vendrías al naranjo, que la sombra diría mi vida en función del  tiempo, había que soltar los ríos para el océano nos tragara, el día más feliz de mi vida nadé con mi papá al borde del coral y vimos a una langosta enhebrar las aguas bajo sus hombros rojos, vimos sus ojos hermitaños examinar las minúsculas criaturas, mi memoría es un calendario frágil que trastorna cada risa, mi vientre hurga su frontera hasta roerme entero,  escuálido como espárrago atravieso la selva feroz cada día, bruto, atento, a la melodía que despierta las corrientes de mis ríos, ò a la trocha feroz que tragaré voraz hasta el aliento último,  o a la sombra del naranjo en donde espero, mi tobillo atraviesa la muerte de la luz que impávida soporta el aire, suena solamente algo, un calor macizo,  el coco lo deben tostar esos viejos,  aquí ya me hice viejo, tan pronto salga me pongo a tostar coco, hormiga y hasta las canas, los anillos de mi tronco no dicen mi tiempo sino mi fiesta, hasta que tuve aquella siesta, viniste mientras mi modorra, viniste desde lejos cortando el aire con tus filos romos, rociando los átomos con las esporas dulces tuyas,  viniste grácil, frágil, ágil entre vórtices del sueño, viniste justa, viniste desde mi vientre, viniste y yo abrí los ojos, recibí de tus manos júbilo el listón rosado como mis gusanos, y oí atento el  secreto que sobre mis hombros confesabas:

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-              -¡Silbe la dulzaina!


Santiago Jiménez Ramírez
23 de Abril


4 comentarios:

Juan Fernando Moreno dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
A-men dijo...

Hermano, lo estamos leyendo en este momento con los amigos, usted es un maravilloso ser, gracias por las palabras

A-men dijo...

Amigo, síganos deleitando, comparta su ser y su ausencia

Anónimo dijo...

Hola, Santiago. ¿Por qué ya no escribes nada? Sigo tus cuentos desde que supe de ti gracias al Concurso del Cuento RCN. Todo lo que escribes desprende un aura de maestría inigualable, extraño grandemente leerte.