3 oct. 2016

Nueva Poesía

He pasado unos días en el universo

con los que faltan espero encontrarlos.


23 abr. 2012

Dulzaina


-         - ¡Silbe la dulzaina¡


Así  como se redujo el día en el naranjo, se empinó su sombra, y su sombra hasta mis tobillos recogía con su manto la bendición de la montaña, tremendo viento hubo en la tarde de ese día, bendito, se demoró tanto en llegar, mecíame los pasos el olor a coco tostado con caramelo ámbar del cielo para los gustativos posteriores,  mientras mis dedos se doblaban todos, las piernas se me enfriaban todas, los ojos, pero el murciélago encripta sus pasos con su haz supersónico y así mis piernas encuentran su siguiente puerta, jamas había decido ni dicho ni contado las apariciones que agobiaron mi fría humanidad, mi roble viejo,  agotado caminé en lluvias de gotas tan grandes como fríjoles, en selvas con calores más fieros que los que el alacrán soporta con su filosa retaguardia, y ebullieron tantas veces en mi los vapores de la infernal inanición a la que nos sometían, había dejado adobando carne con ajo, panela y guiso cuando me cogieron los hijueputas, jamás le eche limón como dicen las señoras porque se entiesa, para que quede blanda la envuelve un día en la piel de la papaya que tiene papaína bendita, para los días benditos lo mejor es una sonrisa, que espera cualquier cosa, que dispara su energía donde el sol ignora, que embiste como un rayo una manada de pesares pesados y penosos y públicos y púbicos, una sonrisa veloz y sana,  allá dormíamos con una sábana color lavanda olor pichal que por las noches se hacía mínima que se empapaba de rocío y me ardía su frío tanto que me la quitaba y me paraba a estirar las patas, trote bajo, respire profundo hermano, aguante y calme, y amanecía, no siempre como hoy un día bendito de cítrica amargura y saliva con trenzaeclavos, así le decía mi madre a la angustia, nací en el  lugar donde el sol llega tan cenital como temprano, me vinculé al partido porque mi padre funcionó como tesorero por más de 30 años, su impecable tarea le había valido un puesto emérito en la tramoya ácida de una jauría anónima, anonimante, anonadada frente a las mareas,  yendo abajo cual fragata herida, que aún así con quijada enchida el burro sube hasta que llega, pero se demoró tanto en llegar, bajo la sombra me dormía otra vez, me dormía adentro  y me avispaba de los terrores, y sí pasaba corriendo y mi sopor me la escondía? y si colgaba de una nube y  la copa me la escondía? y si ella se me escondía?  Cuando caían bombas, caían ángeles y pájaros, una vez  vi muerto a un tigre,  de encías pálidas y mirada exangüe, y en su estirada falange y las heridas cálidas, hervían con una espuma hecha de gusanos grises y rosados,  rosado era el labial de Nubia cuando nos casamos, perlas en las orejas, como el resto de sus días, sofocada por una boa constrictora de caminos, nunca salió de casa sin maquillarse hasta los dientes, tiene el don de hacer un mercado perfecto, tiene sensores en los dedos para palpar cualquier cosa, para oler cualquier cosa, para sentir cada cosa diferente al silencio de sus manos, sabía tocar mi cara y calmar mi bestia, como un baño de vapor tan agobiante y omnipresente que ablanda mi respiración y me hincha, te extraño Nubia, tu mirada madrugada y tu piel anochecida, tu olor tranquilo me acoge y me recoge los hilos que se me riegan, pero no fue usted con quién soñé señora mía, ella vestía de blanco y ardían sus ojos, y ardían sus arduos métodos, ardí cuando me indicó el naranjo, señaló mi cadalso con un tierno dedo que quise morder cual rábano, yo me fui a esperarla pero,  se demoró tanto en llegar, cuando caían bombas caían pájaros, ángeles y cometas de celofán rosado, celofán gusano que traga mis tigres heridos, ay mis mugres queridos, caían infladas en la tierra negra que el verde mecía, caían esclavas como campanas, y todos gritaban:  ¡Silbe la dulzaina!,  había que correr sonámbulo por horas transversalmente venenosas, había que tejer el ritmo de la selva con el de uno, había que saber que no vendrías al naranjo, que la sombra diría mi vida en función del  tiempo, había que soltar los ríos para el océano nos tragara, el día más feliz de mi vida nadé con mi papá al borde del coral y vimos a una langosta enhebrar las aguas bajo sus hombros rojos, vimos sus ojos hermitaños examinar las minúsculas criaturas, mi memoría es un calendario frágil que trastorna cada risa, mi vientre hurga su frontera hasta roerme entero,  escuálido como espárrago atravieso la selva feroz cada día, bruto, atento, a la melodía que despierta las corrientes de mis ríos, ò a la trocha feroz que tragaré voraz hasta el aliento último,  o a la sombra del naranjo en donde espero, mi tobillo atraviesa la muerte de la luz que impávida soporta el aire, suena solamente algo, un calor macizo,  el coco lo deben tostar esos viejos,  aquí ya me hice viejo, tan pronto salga me pongo a tostar coco, hormiga y hasta las canas, los anillos de mi tronco no dicen mi tiempo sino mi fiesta, hasta que tuve aquella siesta, viniste mientras mi modorra, viniste desde lejos cortando el aire con tus filos romos, rociando los átomos con las esporas dulces tuyas,  viniste grácil, frágil, ágil entre vórtices del sueño, viniste justa, viniste desde mi vientre, viniste y yo abrí los ojos, recibí de tus manos júbilo el listón rosado como mis gusanos, y oí atento el  secreto que sobre mis hombros confesabas:

-         

-              -¡Silbe la dulzaina!


Santiago Jiménez Ramírez
23 de Abril


17 mar. 2012

Ese pobre hombre que viaja en el suelo


Lanza del aire

Danza linda y tibia

Diligencia

Hecha del monte

Que mis pies descalzan

Hecha del aire

De su lanza



Sentir

Todas las veces

Hinchándose mucho

Curva de un son

Que chilla ante el pellizco

Del callo elástico

De mi loro arisco



Jornal

Donde escondes mi jornal

Médusa que séduce

Hiedra y monje

Tenza o conde,

Lo que sea,

Léluce



Gravedad

Están rifando tu espacio

En la corteza

Del roble

Fériose el fírmamento

Llanura tierna

Donde tienes mi ciénaga

Amarrada



Cenital

Buques o ballena

Sol

Rayo absorbido

Por el agua

Que nació del sol

Mi voz nació de la panela

Último planeta del dulce

Voraz tambalea esta noche

Aire entre las lanzas

Tejer arácnido

Que plácido

Me teje

13 mar. 2012

Cidrón el antropófago

Para Fitus y la Eme u

Las anotaciones que se encontraron en su estudio tenían derramados los colores de la inocencia. El profesor Primitivo Sierra Descalzo residía en aquella casona cerca del puerto desde el día de los cangrejos, esos que cansados de tanto buque y tanta red, saliéronse de las aguas para poblar las cuevas que debajo del malecón, las piedras construían.

El señor Don Ignacio Baca, alfarero fracasado, entregó su casa al biólogo con todo y arcillas aterrado por el batallón crustáceo. Además, tanta marea le hacía temblar las manos cuando querían domesticar las danzas del torno. Eso fue lo que Dijo él, con llavero en mano, que tipo tan nervioso, masticando maderitas día y noche, frenético.

En la gastada libreta con pastas de cuero ocre, se encontraban organizadas con la más minuciosa filigrana, las características de los once casos que el profesor estudió y clasificó según gravedad y cronología:

“El señor Hugo Mendieta fue infectado entre el 6 de noviembre y el 25 del mismo mes, pues su singular renuncia como administrador del puerto ocurrió una semana después de la última fecha estipulada. De esta manera, concluyo que esta bacteria, virus o epifanía, tarda un mes en madurarse.”

“Bernardo Tenorio presenta una extraña luz en sus ojos, como tragado el sol por su retina. El día de infección hipotético el de la fiesta de la inmaculada concepción, pues este isleño ató sus buques en la nochebuena, les amarró los remos con cordón de tripa y los prendió con medio galón de gasolina. Ahora camina alegre y arreglado, nada le quita el lucero de los ojos, ni siquiera no encontrar lo que sin saber persigue.”

“Anónimo. Fecha desconocida. Lo confesó todo, incluso sus crímenes primeros. Gritaba que su verdad le haría digno del aroma lindo mientras los policías le esposaban, y el con su sonrisa quieta, tranquila. Según el mozo de tez morena, se lo habían dicho los cangrejos, que confesar, que así ella vendría a doblar sus veces, con su aroma lindo. Me atrevo a hipotetizar que el señor Don Ignacio Baca en algo se relaciona con el asesino. Será en la fuerza de los cangrejos? Será en las maderitas?”

El profesor había abandonado sus clasificaciones de fauna silvestre justo el día en el que la señora de Mendieta, se había arrodillado suplicándole por el regreso de su marido, más bien de su mirada, que perdida entre mareas de inmensa alegría ya no le miraban, ya no le oían, solo buscaban. Entregó al Instituto de Biología y al de cartografía, una solicitud de permiso por tres meses, explicando la gravedad de lo que ocurría al haberse registrado hasta el momento tres casos con un patrón de espontaneidad y alegría que les enlazaba.

Desempolvó de sus cajas viejas aquella libretita ocre e interrogó a todos los implicados con este mal de ojos y luceros.

“Raúl Cisneros Y Héctor Cobo al parecer fueron infectados al tiempo y a la par. Estos ornitólogos peruanos que pasábanse el día entero binoculeando pájaros desde la costa tierna, el muelle o el astillero, liberaron la mañana del diez de enero sus más de treinta y cinco ejemplares de las doce especies de ovíparos costeros que deambulan por aquí. Cuando fui a investigarles los ojos a estos mis colegas, estaban mar adentro, desnudos y eufóricos, aullándole al caldo primitivo, rogándole sus brazos magnífico, una pizca de su aroma lindo.

No puede ser una coincidencia, esta plaga solo traga varones.”

Luego de esta sentencia nacía del borde inferior de la página un garabato del mar, abrazando los cuerpos-júbilo de los jóvenes pajareros.

“José María Fiero padece un síntoma particular: ya no sabe el español. Lo único que dice lo canta, su léxico son Agustín Lara, Pedro Vargas, Pérez Prado y Celia, en todas sus mixturas.

Este atrapa gringos del malecón, arrojó su cúrcalo* al cardumen (con un par de maracas adentro y una botellita de destilado de caña) se enderezó el sombrero y el andar de las plantas a la cintura. Canta en un registro más bajo, como de galán y se perfuma con Suchel salvaje por la mañana, va al mercado y se atiborra de durazno y mangostino que le hacen tierno pero viril, según sus sones. Esto le ocurre desde el día veintinueve del mes de enero.”

“Diógenes, Saúl y Pedro, ya no son hombres del mar. En días diferentes de la segunda semana de Febrero, cuando se aleja el frío de la costa, este capitán y sus subordinados abandonaron para siempre el Gloria de aguasfrías, barco pesquero que por más de tres lustros distribuyó bacalao, sierra y atún a las pesqueras del puerto.

El primer desertor fue Pedro, encargado de la limpieza de cubierta y de desenredar las redes. Envió una nota al capitán Diógenes que decía:” Discúlpeme colega, pero me llaman los crustáceos.” Afeitó su gran barba castaña y cambió sus ahorros por un traje de lino gris y un sombrero, embetunó el charol y compro un tiquete de tren para Tierra mansa. Según dijo su hermano, allá le esperaba el magma fiera, la del aroma lindo.

Saúl contrajo la sonrisa indeleble dos días después, cuando después de muchísimo trabajo, el capitán y su persona se habían hecho a mar abierto y ya estaban cargando la segunda red del día repleta de pescado. Diógenes me conto (antes de su episodio, claro) que vio sus ojos transformarse mientras timoneaba, que les vio encenderse de repente, con el fulgor del faro, con el ardor del magma fiero, fiera. Que desnudó sus ropas y destejió a punta de navaja las pesadas redes y junto con la carga de bacalao se vació en los mares para jamás volver, pobre de él que no sabía nadar.

Con suerte diferente no corrió el insigne capitán del insigne buque de insignificante andar. Cuando logró atar la embarcación a tierra firme, y hubo secado sus lágrimas, se despidió de su mujer doña Baldiris y entregó a su hijo Eulalio la escritura del barco, salió muy majo sin explicación o promesa que adivinara su regreso, para abrirse camino entre la selva virgen, laberinto esdrújulo para pájaros y hombres enfermos.

Es evidente que además de varones, la víbora de mentes andariegas, prefiere la piel de aquellos que en el mar su sosiego. Qué hay con los cangrejos, por qué están sus nidos cada vez más cerca?”

Antes de decir el fenotipo de las últimas dos aberraciones, el profesor dibujó con trazo burdo el ritual de incubación de los cangrejos. Aparecían soltando miles de huevos en un mar tranquilo que la noche pasmaba, algunos devolviéndose a la tierra, otros ahogándose en la espuma de las débiles olas, que sus débiles patas de la arena desprendían. Y desde la ventana alta de una casa que entre roca y madera se erguía, estaba su imagen vigilando el trance de la vida como centinela laureado.

Luego del dibujo divagaba sobre las características del virus come hombres y continuaba con los últimos casos:

Esta fuerza femenina, come hombres, esta brújula que encripta la demencia y trastorna el rumbo, se camufla en algún lugar de estas aguas que por las noches me miran, que condensan su palabra al viento como escupiendo un dulce veneno, uno ámbar, delicado y mágico, aun así yo le identifico macho, pues fecunda mas no recibe, no es cántaro sino fuelle del fuego.

Cuentan que uno se harta de las mieles, que jalea no hay suficiente para las ansias, que cuando se le toca, se incuban levaduras debajo de la piel hasta hincharse el alma, que ensordece el pienso, entristece el canto y calienta el tiesto.

Yo le veo caníbal, voraz y etéreo, esta bacteria, virus o epifanía, yo le llamo Cidrón el antropófago.”

“Ese joven médico, que llamaban Ismael, colapsó la noche del 27 de febrero. Nadador del alba en la Costa tierna y bailarín dotado en las noches frías de Vientreselva, esta isla prístina entre el caribe, cuna de morenas y cangrejos. Mientras enderezaba el brazo de un niño flaco en el hospital del centro de la ciudad, se posó en su rostro la luz terrible, y andó despacio hasta la casa, silbando lo que los pájaros, temiendo nada.”

“Esta última nota la escribo el 7 de marzo a las 7:35 de la noche. Paró de llover y ya tomé la cena, atún con jugo de limón y vianda. Hay un ruido que me hace querer salir a tocar con mis pies el agua, quiero decirle a la espuma que juegue con mis dedos, y a esta dulce brisa que me lleve. No más hace unas horas vi unos cangrejos dejar sus huevos en mi ducha, ya me ocuparon la casa; parece que también ellos desvarían. Por mi ventana puedo ver con esfuerzo el contorno de algunas islas aledañas, y oír sus días, y oler sus fuegos arder sobre mi boca.

Ya no te veo intruso, espiarme en la ventana, ahora te invito: ¡invádeme!















Seleccionar cuadro de texto para leer el pie de página:

* Cordófono frabricado en algunas islas del Caribe con madera templada de palma y cuerda de tripa. Hornbostel-Sachs, Musical instrument Clasification, 1934, Nautilius editors.

19 nov. 2008

Adís syncopa o versos para ver

Adís Syncopa









Feria partícipe del boom de la naturaleza

Tu rareza sangra con fervor de cimba

Chimba absurda de bemol tramposo

Coso esbozo del bajo subrubor

Pudor baboso con temas múltiples

Tiples yertos como calor de acuarios

varios tonos fomentan yerba

erva cae con tonel de flacos

pacos laicos de pobreza

besa cosa besa entera

era viernes y domingo

bingo unísono

monociclo joven

oven, hot oven warmed

médico galleta

betamaces nébulas

fábulas teresas

esas fresas son cerezas

tus ayunos son rareraz.

9 nov. 2008

Baño para vírgenes

Bajo mi – línea re mi sube hasta remi
Creiste estar en ese baño para vírgenes

Si viste el cisne cuando al derramar

Fijaste la cabeza en sienes de pepsamar

Como la ampolla para los genes





Juego de sol bemol y do bemol como grito industrial


Caen los reflejos como grito industrial




Juego de palanca la y sol sin la nota del, ddedo corazón



Pérdida del pie

Comisura del fenómeno

Música del mies

Besos, agurio del fenómeno



Juego de la mañana

Estrella en la papaya